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INTELIGENCIA EMOCIONAL EN EL ADULTO MAYOR archivo del portal de recursos
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Avances y desafíos para un enfoque integral
José Luis Ysern de Arce
Universidad del Bio-Bio.
Nota: Este tema fue expuesto en el Seminario Internacional sobre la Tercera Edad, celebrado en Talca (Chile) la primera semana de Noviembre de 1999.
1. Introducción.-
La sección
Población del Departamento de asuntos económico – sociales
de las Naciones Unidas publicó, el 26 de Octubre de 1998, una actualización
de los cálculos y proyecciones en materia demográfica. En
el capítulo dedicado al aumento del número de personas ancianas,
destaca, entre otras cosas, que los 66 millones de personas de más
de ochenta años de edad, presentes hoy en el mundo, van a aumentar
hasta 370 millones en el año 2050, cuando se contarán entre
ellos 2,2 millones de centenarios.
Las
expectativas de más años de vida de la población en
muchos países han ido aumentando desde hace tiempo; Chile también
se encuentra en esta situación, y como los índices de natalidad
siguen orden inverso ocurre que somos uno de los países de América
Latina con mayor índice de envejecimiento. El aumento de la expectativa
de vida ha llevado a que el número promedio de años en la
etapa poslaboral de su población sea de igual extensión al
del período formativo y educativo prelaboral: es decir, el período
posjubilación es de similar duración al tiempo que la persona
ocupa en su juventud para formarse antes de entrar a trabajar . Esta realidad
del crecimiento constante del número de ancianos y la disminución
del número de jóvenes y niños ya viene alarmando desde
hace tiempo a los estudiosos. La pirámide de las edades se encuentra
completamente invertida en varios países del mundo. Quizá
esta sea una de las razones por la cual, desde hace unos años, se
van realizando numerosos estudios interdisciplinares dedicados a la ancianidad.
La preocupación por los ancianos y su estilo de vida en la sociedad
cambiante de nuestros días, es preocupación de instituciones
gubernamentales, ONGs, Universidades, y de grupos privados de distintas
orientaciones.
Nuestro
Seminario de estos días es también una muestra de lo que venimos
diciendo. El título del mismo: La tercera edad en el tercer milenio;
un desafío para todos, indica bien el talante de nuestra preocupación.
El presente trabajo consiste en una sencilla reflexión sobre la realidad
psicológica del anciano (hoy se habla de tercera y cuarta edad),
y pretende entregar algunas pistas acerca del desarrollo integral de las
personas comprendidas en esa edad que abarca un amplio espacio cronológico.
2. Adulto mayor y autoestima.-
Muchos
adultos mayores llegan a la edad de la jubilación y se sienten todavía
en plenitud para la realización de sus trabajos. Frecuentemente nos
encontramos con personas de edad avanzada que están plenamente en
forma, totalmente vigentes, lúcidas, llenas de iniciativas y planes
de trabajo. Muchos hombres y mujeres científicos, literatos, escritores,
investigadores, políticos, hombres de campo, mujeres dueñas
de casa, etc., aunque ven disminuidas sus potencialidades físicas
al llegar a la vejez, sienten sin embargo que su mente sigue lúcida,
y sus ganas de hacer buenas cosas permanecen inalteradas. A pesar de que
ellos se ven así de bien, la sociedad les dice por medio de la jubilación
o de otras señales, que ya deben dejar el puesto a gente más
joven y nueva, y que deben retirarse. En una palabra, es como si se les
dijera: señor, señora, prescindimos de Ud.
Una
de las primeras necesidades de todo ser humano es la de sentirse aceptado,
querido, acogido, perteneciente a algo y a alguien, sentimientos estos en
los que se basa la autoestima. La autoestima consiste en saberse capaz,
sentirse útil, considerarse digno .
Por lo tanto no puede haber
autoestima si el individuo percibe que los demás prescinden de él.
Así lo veía ya el viejo Maslow en su famosa pirámide
de necesidades, donde describe un proceso que denominó autorrealización
y que consiste en el desarrollo integral de las posibilidades personales.
Autoestima consiste en las
actitudes del individuo hacia sí mismo. Cuando las actitudes que
este mantiene hacia sí mismo son positivas hablamos de buen nivel
o alto nivel de autoestima. Al nombrar la palabra actitudes ya hemos incluido
el mundo de los afectos y sentimientos y no sólo el de los conocimientos,
pues los componentes de la actitud encierran gran variedad de elementos
psíquicos. De ahí que para la educación y formación
de las personas nos interesa mucho formar en actitudes porque así
aseguramos una formación integral y no fraccionaria. Por lo mismo
que las actitudes se encuentran integradas por factores cognitivos, afectivo
– emotivos y conductuales, es muy difícil cambiarlas, pues radican
en lo más profundo de la personalidad. Por eso también, un
adecuado nivel de autoestima es garantía de que el sujeto podrá
hacer frente con dignidad a importantes contrariedades de la vida; no decaerá
su ánimo fácilmente .
En
vista de esto, si a una persona que se siente bien, saludable y con fuerzas,
le decimos que ya no nos hace falta, es muy probable que influyamos en el
deterioro de su autoestima al hacerle ver que el grupo puede prescindir
de ella, que su pertenencia al “nosotros” ya no es tan evidente. Es como
decirle que el aprecio que sentíamos por él/ella era sólo
en cuanto que su aporte y presencia nos era útil, pero ahora las
cosas cambian: tu presencia no nos es necesaria porque ya no nos puedes
aportar nada. El adulto mayor saludable se siente desconcertado ante dos
experiencias de vector contrario: por un lado él se siente bien y
con ganas de trabajar, pero por otro lado la sociedad le dice que ya no
lo necesita. Es un duro golpe para su autoestima, pues como decíamos
antes, una de las bases importantes para alimentarla se encuentra en el
sentimiento de pertenencia. ¿Cómo mantener dicho sentimiento
si se me están mandando mensajes de que se puede prescindir de mí?
Pero la autoestima (inserta en el sistema actitudinal de la personalidad)
es un todo muy complejo. Todo el valor afectivo – emotivo que ella encierra
no se limita sólo a efectos anímicos (lo que ya es bastante
importante) sino que proyecta sus múltiples consecuencias también
hacia lo físico y somático. Estudios modernos prueban que
el enfermo se recupera mejor si además de los cuidados médicos
y fármacos cuenta también con toda esa red de arropamiento
acogedor que representa la mano tierna y cariñosa dispuesta a brindarle
un amor incondicional. No sólo el enfermo se recupera mejor cuando
es atendido con amor, sino que a causa del amor, una persona puede permanecer
más inmune a la enfermedad que aquella otra carente de esta experiencia
amorosa. Está demostrado, por ejemplo, que las personas con más
y mejores lazos familiares padecen menos resfriados que las que carecen
de ellos .
3. Inteligencia emocional y autoestima.-
Los nuevos estudios indican que las emociones
positivas y negativas influyen en la salud más de lo que se suponía
hace unos cuantos años, y que si no tenemos un desarrollo afectivo
óptimo no se desarrolla la inteligencia; así es que hay una
relación directa entre el afecto y el desarrollo cerebral, intelectual.
La inteligencia depende de la vida de la niñez, cuando se va estructurando
la persona. Es interesante volver a valorizar el afecto .
El periodista
Daniel Goleman ha tenido el acierto de lograr llamar la atención
sobre la importancia del tema emocional mediante la publicación de
su conocido libro La inteligencia emocional . Mediante este best seller
ha sacado el tema del estricto claustro académico y lo ha llevado
a la comprensión de la gente de la calle. Hoy sabemos que la inteligencia
es mucho más que una determinada función de la mente humana
medida en términos de C.I.; el ser humano, a la hora de actuar de
alguna manera y de tomar determinadas decisiones, no lo hace tanto guiado
por su inteligencia cognitiva, sino sobre todo a impulsos de sus emociones
y sentimientos que deben ser guiados, orientados, controlados y expresados
mediante los dictados de una sana inteligencia emocional. A la hora de decidir
en asuntos en los que nos va la vida (ver por ej. lo referente a elección
de pareja), no lo hacemos guiados por el frío intelecto sino por
la calidad e intensidad de los sentimientos que en ese momento nos embargan.
¿Y quién nos ha enseñado a manejar ese mundo de
los sentimientos y emociones? Desgraciadamente los aprendizajes que se han
practicado en las escuelas han insistido más en el mundo de los conocimientos
que en el de las emociones, y sólo un buen ambiente familiar ha podido
servirnos de utilidad para el manejo desenvuelto y positivo del mundo afectivo.
¿Qué pasa si el mismo ambiente familiar carece de la solidez
afectiva necesaria?
Para poder vivir bien la vida es necesaria no sólo
la inteligencia cognitiva sino también (y sobre todo) la Inteligencia
emocional, aspecto de nuestra personalidad que tan olvidado habíamos
tenido. La autoestima corre pareja con el funcionamiento de la Inteligencia
Emocional: las personas con mejor y más adecuada expresión
de sus sentimientos y emociones son a la vez personas seguras de sí
mismas, con mayor sentimiento de libertad y autonomía, con mejores
relaciones interpersonales, y por ello mismo con mejor nivel de autoestima.
Pues bien, una de las primeras crisis de la edad madura es a menudo
una crisis de desgaste, desánimo y desilusión, por la experiencia
que vive el anciano al verse, de pronto, no aceptado. Y ello sin razón
objetiva alguna, puesto que él se siente todavía como ser
vigente y capaz de servir. Esta es una crisis que se ve agudizada por las
pérdidas que va viviendo el adulto mayor: pérdida del trabajo
donde se sentía útil, pérdida de los compañeros
de labores más jóvenes a los que ya deja de frecuentar, y
pérdida de seres queridos y amigos que van muriendo: Ya tengo más
seres queridos dentro de estas murallas que afuera, me decía un viejo
campesino del norte de España cuando salíamos del cementerio
el día del funeral de mi madre. Si estas pérdidas no se compensan
por medio de convenientes ejer
cicios de Inteligencia Emocional (buen manejo del campo afectivo – emotivo) no será nada raro que el anciano se sienta invadido de perjudiciales sentimientos negativos, que afectarán su autoestima, especialmente en las mujeres .
4. Modelo del Viejismo y paradigma
del cuerpo joven.-
Los parámetros y
valores culturales imperantes en la sociedad favorecen poco la autoestima
del anciano. El modelo cultural que impera entre nosotros es un modelo simplista
que imagina el desarrollo de la vida en términos de comienzo, plenitud
y decadencia. Según este esquema el hombre está condenado
fatalmente a ser testigo de su propia decadencia, y necesariamente su autoestima
será cada vez más frágil y vulnerable. Subyace aquí
una ideología físico - biologista que reduce el ser humano
a pura conexión de células que obviamente se van envejeciendo
y deteriorando. Es una ideología del “viejismo” que es necesario
superar. La razón y la afectividad no decaen al ritmo de la decadencia
biológica, y al contrario, crecen y se fortalecen en el anciano saludable
hasta el último día de vida: Enséñame, Señor,
a saber aceptar lo de cada día; a saber caminar pisando firme, para
andar por el Camino que conduce a la paz temporal, y sobre todo a la eterna
. La OMS define el “viejo sano” como aquel individuo cuyo estado de salud
se considera no en términos de déficit, sino de mantenimiento
de capacidades funcionales. Por otro lado es importante recordar que el
mismo envejecimiento de las células cerebrales se produce más
lentamente que el de otras células del organismo si se las mantiene
activas, por lo cual se recomienda aprender algo nuevo en una especie de
gimnasia intelectual .
Junto
a esta mentalidad del “viejismo” que acabamos de comentar está presente
en nuestra sociedad lo que algunos autores llaman Paradigma del cuerpo joven
: el tipo de sociedad imperante hace cada vez más difícil
la vida familiar de convivencia trigeneracional; el modelo de familia que
se nos presenta en los atractivos anuncios publicitarios suele estar representado
por una linda joven pareja, un pequeño hijo muy bonito, y el perro.
Pocas veces aparece el abuelo en ese cuadro. A este signo de marginación
familiar respecto de los ancianos se añade la preferencia casi obsesiva
de nuestros medios publicitarios por el cuerpo joven como ideal estético.
Mujeres y hombres modelos han de ser según este esquema gente joven,
con bonito cuerpo (excesivamente delgado), y muy lejos de todo lo que pueda
ser arrugas y defectos del cuerpo viejo. Eso explica la gran oferta y demanda
que en nuestros tiempos representa el mundo físico – culturista al
cual se ven inclinados tantos de nuestros jóvenes y no tan jóvenes.
Es lógico que en un ambiente así, el hombre y mujer mayores
sientan que no tienen nada que ofrecer: las personas de edad parecen patéticamente
feas (ib).
5. Mirando al tercer milenio. Constructores
de Esperanza.-
Al terminar este trabajo quisiera
presentar algunos motivos de esperanza que son a su vez especiales desafíos
para quienes, desde el mundo de la salud psíquica, deseamos construir
un mundo más feliz y humano frente al tercer milenio que comienza.
a. Personalidad como proyecto sin terminar:
La persona puede llegar
a la tercera y cuarta edad, ser adulto mayor, anciano, viejo, o como queramos
llamarlo, y puede ser testigo de su deterioro físico, a la vez que
mantener incólume su crecimiento psíquico. La mejor doctrina
sobre la personalidad y su desarrollo nos enseña desde hace muchos
años que esta se halla siempre en proyecto y que nunca termina de
crecer. Erik Erickson considera la ancianidad como la etapa de la
integración versus la desesperación. La integridad es vista
aquí como la disposición a defender la dignidad del propio
estilo de vida contra la amenaza física y económica. Alcanzar
la integridad consiste en haber logrado un especial estado de espíritu
cuyo componente especial es la autoaceptación. Refiriéndose
a dicho estado de espíritu Edmund Sherman dice que Es la aceptación
de la realidad, la realidad de uno mismo y de la propia vida, resultante
del abandono de las ilusiones... Sin embargo, varios de nosotros no llegan
a liberarse de sus objetivos no realistas (que acarician a menudo sin saberlo),
y los sentimientos de fracaso, frustración y decepción de
uno mismo que resultan de todo ello conducen inevitablemente a un sentimiento
de desesperación .
Lo importante es que el individuo acepte
y asuma lo que él es en verdad, y no lo que los elementos estresores
y ansiógenos de la sociedad le pretendan imponer. De ahí que
sea necesario incluir en nuestros programas universitarios y de otras organizaciones
los planes que permitan entregar a todo ser humano la formación que
necesita para aprender a envejecer . Esto significa, entre otras cosas,
desarrollar la autoestima y aprender a manejar las propias emociones (destreza
emocional), pues ello contribuye a una mejor calidad de vida. El éxito
de la vejez consiste en vivir esta última etapa de la vida como un
período de crecimiento .
b. Sentido de la felicidad humana y
presencia de la muerte:
Felicidad y muerte parecen a simple vista dos
términos mutuamente excluyentes. La felicidad como anhelo y aspiración
de todo ser humano es la motivación que está en la base de
todas las demás motivaciones; ella es la aspiración de todo
hombre y mujer desde que nace hasta que muere ¿Pero es posible la
felicidad cuando en la vida se incluye el horizonte de la muerte? La muerte
tiene sentido cuando la vida está llena de sentido , el cual es correlato
de la felicidad. La felicidad no consiste sólo en estar bien sino
en estar haciendo algo que llene la vida. La felicidad es inseparable del
sentido de la vida, y la muerte da sentido y valor a cada minuto de la vida.
El horizonte de la muerte nos obliga a seleccionar bien los elementos que
son vitales para nuestra vida, y nos lleva a organizar nuestra escala de
valores diferenciando bien entre fines y medios, entre lo que es importante
para la vida y lo que es sólo secundario. La perspectiva de la muerte
nos ayuda a ser libres, a no apegarnos excesivamente a las cosas que ejercen
dominio posesivo sobre las personas y pueden ahogar nuestras ansias de felicidad
y libertad.
El ser humano es mortal pero su vida está abierta
a la inmortalidad, a la pretensión de inmortalidad. Lo que yo soy
es mortal, pero quien yo soy consiste en pretender ser inmortal. Todo el
mundo está seguro de que morirá, pero nadie puede estar seguro
de que con la muerte terminará absolutamente su realidad. La seguridad
de la muerte no es, ni puede ser, la seguridad de la aniquilación...
Del grado y el tipo de esperanza en la perduración depende el sentido
de la felicidad .
c. Educar para la vida y el amor:
El sentido
de la vida y la felicidad brotan de ese sentido de amor que se encuentra
alojado en la esencia del ser humano: la condición humana, según
el filósofo Julián Marías, reside en que el hombre
es intrínsecamente amoroso, es realidad amorosa. Sólo se sienten
realizadas las personas capaces de amar en entrega generosa. La condición
intrínseca del amor es la permanencia; el amor nunca muere y se proyecta
para siempre sobre la persona amada. El amor es más fuerte que la
muerte, dice la Biblia (Cnt. 8, 6). Parece comprobado que los hombres y
mujeres que más aman son los que viven mejor el sentido de la vida
y de la muerte, y los que mayor provecho obtienen de sus pretensiones de
inmortalidad. Por eso cuando en este mundo se pierde un gran amor, la consecuencia
capital es que se ama menos todo lo demás y no dan ganas de seguir
viviendo. Es necesario poder amar por siempre, y por lo mismo es necesario
vivir después de la muerte para que el amor no tenga fin.
Basados
en el sentido de la vida que es satisfecho por el amor incondicional, el
desafío que hoy nos anima es construir una sociedad de todas las
generaciones, donde viejos y jóvenes tengan igual cabida. Sería
un desperdicio y despilfarro prescindir de personas mayores que son un capital
humano cada vez más necesario para ayudar a los jóvenes a
desarrollarse y realizarse como personas .
Los valores vuelven
a estar de moda, y las reformas educacionales de muchos países, con
sus famosos valores transversales nos recuerdan esta verdad . Desde la cosmovisión
de los valores será posible comenzar el nuevo siglo con una perspectiva
más amorosa, y fomentar tanto desde la educación institucionalizada
(escuelas) como desde la informal y las familias, toda una ambientación
globalizada que nos lleve a valorar en serio los carismas de los ancianos
saludables:
· Gratuidad: no todo se ha de medir con el parámetro
de la eficiencia; ante una sociedad demasiado ocupada necesitamos del testimonio
gratuito de amor procedente de los ancianos.
· Memoria: recordar
las propias raíces es ser fieles a sí mismo; si se pierde
el sentido de la historia se pierde la propia identidad. El diálogo
de las generaciones permitirá guardar viva la memoria para que no
se repitan los errores del pasado, y nos animemos con sus aciertos.
· Experiencia: la técnica y la ciencia no pueden reemplazar
la experiencia. Hoy vivimos con muchas prisas, agitación, precipitación
y neurosis. El anciano capta bien la superioridad del ser a la del hacer
y tener; su presencia permite una visión más completa de la
vida, y nos ayuda a valorar la sencillez, el silencio y contemplación.
De los carismas propios de la ancianidad podemos obtener elementos
válidos para la humanización del tercer milenio. Todos somos
necesarios; nadie está de sobra en la humanista universalidad del
amor.
Chillán, Chile. Noviembre 1999.
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