"SOC.- ¡ay, Alcibíades, que desgracia la tuya! Aunque yo vacilaba en calificarla, sin embargo, como estamos solos, debo hablar. Porque estás conviviendo con la ignorancia, querido, con la peor de todas, tal como te esta delatando nuestro razonamiento, e incluso tu mismo. Por eso te lanzas a la política sin antes recibir formación en ella. Y no eres tu solo el que padece esta desgracia, sino la mayoría de los que gestionan los asuntos de nuestra ciudad[...]" [16]

"ALC.- Pues que si fueran personas cultas, quien intentara rivalizar con ellos tendría que instruirse y entrenarse como si fuera a enfrentarse con atletas. Pero, en realidad, como vienen sin la menor preparación a dedicarse a la política, ¿qué necesidad hay de ejercitarse y dedicar muchas molestias a instruirse? Porque estoy seguro de que en lo que a mi se refiere estaré muy por encima de ellos por mis aptitudes naturales." [18]

"[SOC.-] [...] En vista de ello, mi querido amigo, hazme caso a mí y a la máxima de Delfos "conócete a ti mismo", ya que tus rivales son estos y no los que tu crees, rivales a los que no podríamos superar por otro medio que con la aplicación y el saber. Porque si tu careces de estas dos cosas, también te verás privado de llegar a ser famoso entre los griegos y los bárbaros, lo que, si no me equivoco, estás ansiando más que ninguna otra cosa en el mundo." [19] 

"SOC.- ¿Cómo podríamos saber con mayor claridad lo que es en sí [el alma]? Porque, al parecer, si lo supiéramos nos conoceríamos también a nosotros mismos. ¿Acaso no comprendimos bien, por los dioses, el justo precepto de la inscripción délfica que hace un momento recordamos?
ALC.- ¿Qué quieres decir, Sócrates, con esta pregunta?
SOC.- Te voy a explicar lo que sospecho que nos está diciendo y aconsejando esa inscripción, pues no hay ejemplos en muchos sitios de ella y únicamente tenemos la vista.
ALC.- ¿Qué quieres decir con eso?
SOC.- Reflexionemos juntos. Imagínate que el precepto dirigiera su consejo a nuestros ojos como si fueran hombres y les dijera: "mírate a ti mismo". ¿Cómo entenderíamos este consejo? No pensaríamos que aconsejaba mirar a algo en lo que los ojos iban a verse a sí mismos.
ALC.- Es evidente.
SOC.- Consideremos entonces cuál es el objeto que al mirarlo nos veríamos al mismo tiempo a nosotros mismos.
ALC.- Es evidente, Sócrates, que se trata de un espejo y cosas parecidas.
SOC.- Tienes razón. ¿Y no hay también algo parecido en los ojos con los que vemos?
ALC.- Desde luego.
SOC.- ¿Te has dado cuenta de que el rostro del que mira a un ojo se refleja en la mirada del que está enfrente, como un espejo, en lo que llamamos pupila, como una imagen del que mira?
ALC.- Tienes razón.
SOC.- Luego el ojo al contemplar otro ojo y fijase en la parte del ojo que es la mejor, tal como la ve, así se ve a sí mismo.
ALC.- Así parece.
SOC.- En cambio, si mira a otra parte del ser humano o de algún objeto, salvo a aquello con lo que resulta semejante, no se verá a sí mismo.
ALC.- En cambio, si mira otra parte del ser humano de algún objeto, salvo a aquello con lo que resulta semejante, no se verá a sí mismo.
ALC.- Por consiguiente, si un ojo tiene la idea de verse a sí mismo, tiene que mirar a un ojo, y concretamente a la parte del ojo en la que se encuentra la facultad propia del ojo: esa facultad es la visión.
ALC.- Así es.
SOC.- Entonces, mi querido Alcibíades, si el alma está dispuesta a conocerse a sí misma, tiene que mirar a un alma, y sobre todo a la parte del alma en la que reside su propia facultad, la sabiduría, o a cualquier otro objeto que se le parezca."
[26] 

"SOC.- O sea, no son murallas ni trirremes lo que necesitan las ciudades, Alcibíades, para ser felices, ni siquiera mucha población ni grandeza, si carecen de virtud.
ALC.- Está claro que no.
SOC.- Por ello, si vas a conducir los asuntos de la ciudad de manera correcta y conveniente, tendrás que hacer partícipes de la virtud a los ciudadanos.
ALC.- Desde luego.
SOC.- Pero ¿se podría hacer partícipe de algo que no se tiene?
ALC.- En absoluto.
SOC.- Entonces, en primer lugar tienes que adquirir la virtud, y también quienquiera que esté dispuesto a gobernar y cuidar no sólo de sus asuntos en particular y de sí mismo, sino también de la ciudad y de sus intereses.
ALC.- Tienes razón.
SOC.- Por consiguiente, para lo que tienes que prepararte no es para un mando o un poder con los que puedas hacer lo que quieras contigo y con la ciudad, sino para la justicia y la sabiduría.”
[32]  

SOC.- me gustaría  que perseveraras [Alcibíades], pero tengo un gran temor, no porque desconfíe de tu naturaleza, sino porque veo la fortaleza de nuestra ciudad y temo que pueda conmigo y contigo.