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EL SEÑOR SERRANO archivo del portal de recursos
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de origen
MEMPO GIARDINELLI
de "Vidas ejemplares". © 1982
"Un instante después, Mike sintió la mirada, clavada en su propia
nuca. Giró súbitamente y, al encontrar los ojos de ella, más azules
que nunca, encendidos como los potentes reflectores de un Lincoln
ocho cilindros en medio de una tormenta, esbozó su más irresistible
sonrisa. Sheilah se puso de pie, sin dejar de mirarlo, y con ambas
manos se alisó el vestido, que crujió como una papa frita en el
momento de ser masticadas lo que hizo resaltar sus perfectos senos
túrgidos y las líneas que delimitaban su excelente figura, de
caderas poderosas y unas esbeltas piernas que terminaban en un
par de sandalias doradas, si se podía llamar sandalias a esas
tiritas de cuero que de alguna manera se las ingeniaban para dejar
a la vista sus uñas carmesí. Caminó hacia él con la contundencia
de un destróyer en una bahía del Caribe colmada de colegiales.
'Es una lástima, nena', musitó él mientras extraía su 45 de la
sobaquera ante la mirada incrédula de ella. Un segundo después,
Sheilah parecía un lujoso maniquí maltratado al que le habían
pintado un grotesco punto rojo en el medio de la frente".
–'Tá madre –dijo el señor Serrano, abandonando el libro a un
costado de la cama y poniéndose de pie para apagar el calentador
que estaba sobre la mesita, junto al ropero. Dio unos golpecitos
al mate, para asentar la yerba, y luego empezó a cebar mientras
observaba la pieza de paredes descascaradas, con ese almanaque
del año pasado que no se había molestado en cambiar, como único
adorno, y volvió a sentarse, en el borde de la cama, dejando la
pava junto a sus pies y considerando que el frío no era lo más
terrible para un viejo; él tenía sesenta y cuatro años y podía
soportarlo perfectamente, mucho mejor que a esa pertinaz, intolerable
soledad que parecía envolverlo como una telaraña.
Vivía en esa pieza desde hacía veinte años. Cada mes le costaba
más pagar el alquiler, no porque le aumentaron la cuota, sino
porque su jubilación se tornaba ostensiblemente impotente en su
cotidiana lucha contra la carestía. Tenía un gato al que sólo
veía cuando dejaba comida en el balcón, dos malvones, un helecho
y un gomero nuevo que le habían traído de Misiones el verano pasado
y que, seguramente, no sobreviviría al invierno. Tomaba dos pavas
de mate por día, como mínimo, leía el Clarín todas las mañanas,
dormía poco, se aburría mucho y odiaba a todos sus vecinos del
edificio porque todos lo odiaban a él, quizá porque silbaba permanentemente,
quizá porque la gente desprecia o teme a los solitarios.
–Basta de leer, me voy a volver loco –se dijo, y se quedó pensando
en su vida, que no le parecía otra cosa que una constante pérdida
de tiempo. Todo lo que había hecho era igual a cero. Nada de nada.
Y ya no podía echarle la culpa a la dichosa retroactividad que
no le pagaban desde hacía por lo menos diez años; no era tonto,
sabía que sólo a él le correspondían las culpas, quizá por no
haber estudiado ni tenido ambiciones. Pero ni siquiera estaba
seguro de eso; a veces recapitulaba su vida, como si hubiera sido
una película que se pudiera rebobinar, y, ciertamente, se perdía
en elucubraciones, detalles intrascendentes, lagunas de su memoria,
rostros difusos, momentos de tristeza y siempre se topaba con
una sensación de agobiante soledad.
Quizá por todo eso, desde hacía varios meses (desde una tarde
en la que se había despertado luego de una breve siesta, lloroso
y aterrado porque en su sueño un agresivamente más joven señor
Serrano le había gritado que era un pobre tipo), sólo pensaba
en hacer algo grande algún día. Soñaba con cambiar su destino,
si lo tenía, si acaso el destino se había ocupado de él. Y lentamente
fue decidiendo que llegaría el momento de probarse que no era
un pusilánime, que su vida sólo había sido un reiterado desencuentro
con las oportunidades de hacer algo grande. Entonces dejaría boquiabierto
a más de uno, saldría en los diarios, sería famoso y discutido.
Se puso de pie, sacó del ropero la bufanda y los guantes de
lana, se los calzó, salió al balcón y se recostó en la baranda,
mirando la calle adoquinada, siete pisos más abajo, mientras consideraba
la idea que acababa de concebir. Si bajo por la escalera evito
un ascensor delator. Espero que la chica abra la puerta, tranquilamente
sentado y sin silbar, y así eludo tocar el timbre. Cuando aparezca
me asomo y le digo cualquier cosa; ella no va a sospechar de un
viejo manso, de modo que podré acercarme y meterme de prepo en
su departamento. Adentro la acorralo y antes que grite le tapo
la boca y la estrangulo. Todavía tengo fuerzas. Será sencillo,
fácil y nadie sospechará de mi. Y yo estaré orgulloso de mi obra.
Los voy a sobrar a todos, ya van a ver.
Terminó de sorber el mate, entró a la pieza, se cebó otro y salió nuevamente, imperturbable, sin importarle la baja temperatura de la mañana ni el viento gélido que le cortaba la cara. Tenía la piel curtida, dura, de hombre que ha pasado toda su vida a la intemperie, castigado por soles y fríos.
Desde que se iniciara, a los quince años, como aprendiz en
una carpintería de la calle Victoria, había trabajado sin cesar
hasta que se jubiló como oficial de la casa Maple, justo cuando
lo consideraban un artista de la garlopa y del escoplo pero se
interpuso en su camino aquella sierra que le cortó un par de tendones
en el muslo derecho y le produjo esa odiosa renguera que le dolía
tanto los días de lluvia y a la que jamás se resignó. Entonces,
a los cincuenta y dos años, todavía no conocía la dimensión de
su propia soledad; todavía se reunía, por las noches, en el almacén
de Gurruchaga y Güemes para jugar al dominó, haciendo pareja con
el finado Ortiz, aquel viejito que tenía tantos nietos como pelos
en la cabeza, una impecable sonrisa permanente y la sólida convicción
de que moriría de un síncope mientras estuviera dormido; todavía
pasaba los domingos por el Jardín Botánico, se sentaba en un banco
a leer el diario, espiaba a los chicos y a los ancianos que confraternizaban
jugando al ajedrez bajo los árboles, y después, al mediodía, comía
un sánguiche en alguna pizzería frente a Plaza Italia, caviloso,
antes de ir a la cancha para ver a Atlanta y comprobar su incapacidad de emocionarse, de festejar un gol,
de lamentar las tan reiteradas derrotas.
"Qué tiempos", solía repetirse, como si el pasado tuviera elementos
envidiables , materiales para la nostalgia, alguna mujer –por
lo menos– cuyo rostro recordar. Porque en su vida las mujeres
no habían ocupado un lugar destacado. Acaso una, Angelita Scorza,
la hija del enfermero que vivía en Republiquetas y Superí, lo
había embriagado alguna vez hasta tal punto que le juró amor eterno
y eterna fidelidad; pero la pasión que en ella despertó un estudiante
de medicina de quien ya no se acordaba el nombre denigró sus sentimientos.
Angelita se casó, finalmente, con el muchacho, una vez que éste
terminó sus estudios, y él se aplicó a las faenas del olvido sin
que le costara demasiado, envuelto en sus meditaciones de carpintero
hasta que, luego de unos años, el rostro de Angelita se fue convirtiendo
en una referencia vaga del viejo barrio, en un simple matiz de
su adolescencia. Y ya no hubo mujeres en su vida, salvo alguna
que otra prostituta sin cara, de esas que frecuentaban las cercanías
de Puente Pacífico y con quienes protagonizaba simulacros de pasión
que, después, no hacían otra cosa que ratificar su desamparo,
su desarraigo, el inmenso abismo que lo iba separando del mundo.
Al acabarse el agua de la pava, Serrano sintió como una vaharada
de calor, una extraña sensación de urgencia que no supo controlar.
Nervioso, se alejó de la baranda y penetró en la pieza apenas
iluminada por el resplandor de la mañana plomiza, tan típica de
julio en Buenos Aires, y contempló, sin conmiseración, esas cuatro
paredes sórdidas y húmedas por las que los días pasaban, aterradores,
llevándose lo que le quedaba de vida sin que él pudiera resistirse,
sin que siquiera lo intentara.
Entonces pensó que, quizá, había llegado el momento. No tenía
sentido seguir esperando, y leyendo novelitas policiales de segunda
categoría, mientras el tiempo se esfumaba; no podía permitir que
sus fuerzas se agotaran ni que se le terminaran de ablandar los
músculos que habían desarrollado sus brazos y sus manos después
de tantos años de manipular maderas.
Se dirigió al lavatorio y se miró en el espejo, sólo por un
segundo, como evitando detenerse en los profundos surcos de la
frente, en la palidez de su piel, en la casi tangible vacuidad
de su mirada, o acaso simplemente tratando de huir de sus propios
ojos, que lo hubieran observado acusadoramente, quizá con sorna
también, para indicarle que estaba perdido, que jamás haría algo
grande porque sus proyectos, siempre, habían habitado más el campo
de los sueños imposibles que los terrenos de la realidad. Se alejó
del espejo, disgustado, se encasquetó el viejo y manchado sombrero
de fieltro y salió al pasillo, conmovido y asombrado por el odio
que sentía.
Luego de comprobar que todas las puertas estaban cerradas,
bajó por la escalera sin apuro, luchando por serenarse. En el
piso inferior se detuvo, vigilante, pegado a la pared, mirando
la puerta de un departamento, dispuesto a esperar. Así estuvo
no supo cuánto tiempo, con la mente despejada, tan en blanco como
una cucaracha de panadería, hasta que se abrió la puerta y una
joven de enormes ojos negros, menuda y perfumada, se asomó al
pasillo.
Ella lo miró, extrañada. "Hola, señor Serrano", le dijo, con
una breve sonrisa. "Buen día, señorita Aída", contestó él, acercándose
un paso, alzando una mano enguantada y sin dejar de mirarla a
los ojos. La muchacha cerró la puerta y pasó a su lado, deteniéndose
junto a las rejas del ascensor. Apretó el botón y una pequeña
luz roja se encendió sobre su dedo. Serrano, súbitamente tembloroso,
la observó con los ojos fijos en la mano que ahora tomaba la manija
de la puerta acordeonada y empezó a silbar un tenue, atónico soplido
entrecortado.
"¿Le pasa algo, señor Serrano?".
"No..., no, m'hija, nada. No pasa nada", dijo él. Se dio vuelta
y subió hasta su piso, por la escalera. Antes de abrir la puerta
de su departamento supo que era, definitivamente, un pobre tipo.
Su sueño de hacer algo grande, algún día, le parecía lejano, inimaginable
como la cara de Dios.