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CONDUCTA Y DEPRESIÓN archivo del portal de recursos
para estudiantes |
Por: José Luis Catalán Bitrián
Desgana, Motivación
Apatía,
debilidad
Procrastinación
Dudas, inseguridad
Desapego de estímulos
Fuga de la conducta
Ritmos circadianos
Abandono
Aislamiento
Comer o no comer
Auto-agresion
DESGANA, DESMOTIVACIÓN
El ser humano necesita 'motivos' para
actuar, deseos, ilusiones, objetivos que den sentido a su vida. A la depresión
se llega, y una vez llegados, permanecemos en ella por una apatía,
una desgana, una desilusión y falta de sentido en nuestras vidas
que se nos parecen 'vegetativas', absurdas.
Sin motivación no
estamos predispuestos a actuar, y más bien la tendencia es a abandonarse
en la inactividad, en un esperar sentir una motivación positiva,
que se transforma en desesperación en la medida de que nos cansamos
de esperar.
La motivación, las nuevas ilusiones, ¿cómo
pueden aparecer en nosotros?. El hecho de que estando bien parecen existir
espontáneamente nos induce a creer que es algo 'natural', algo que
-si funcionamos bien- debería estar ahí como el ritmo respiratorio
o el pulso del corazón. Pero en cambio esto no es seguro, y cualquier
persona normal atraviesa momentos de vacío y desgana provocados por
que las etapas acaban, los deseos se realizan, y porque abundan los fracasos.
Forma parte de las habilidadades normales rehacerse, trabajar en nuevas
direcciones, explorar nuevos caminos, buscar nuevas motivaciones. Por consiguiente
sería más preciso considerar que el estar motivados consiste
en:
? [a)]mantener los objetivos, las ilusiones si ya las tenemos,
para que no languidezcan por cansancio, olvido, dispersión, tentaciones,
etc.
? [b)]buscar nuevas cuando ya se han acabado las anteriores, lo
que requiere un comportamiento de exploración, de búsqueda,
de correr el riesgo de probar cosas nuevas.
En apartado a) encontramos
el capítulo de la madurez de una persoa adulta, para perseverar ante
las dificultades, el ser firmes y no caer en el derrotismo antes de tiempo,
el ser capaz de reanimarnos, darnos nuevo aliento evocando las razones y
las cosas que daban sentido a nuestros planes, revivir, limpiar las motivaciones
que se han diluido o se han olvidado en el trajín del día
a día (a esta operación la podríamos llamar capacidad
de auto- motivarse ).
Estas capacidades son esenciales para combatir
el cansancio, el olvido, las dudas y la tardanza irritante que producen
los obstáculos y pegas que van surgiendo.
La depresión
se agarra muchas veces al ``no tengo fuerzas para seguir''. Parece que hayamos
contraído una enfermedad que nos debilitase la capacidad de proseguir
el conjunto de nuestras metas: esa falta de energía no es otra cosa
que una motivación negativa, que viene a ser todo lo contrario de
lo que estamos describiendo como la capacidad de auto-motivación
exitosa: constantemente nos comportamos como lo haría un enemigo
que nos quisiera desanimar: "¿porqué no lo dejas?",
"¿y no sería mejor renunciar a todo y descansar?",
"seguramente todo irá a peor y los esfuerzos serán inútiles".
Igual que existe el arte de animar el trabajo de un equipo también
está el arte -menos útil ciertamente- de desinflarlo, desanimarlo
y desmotivarlo.
En cierto modo lo humanos tenemos un 'equipo' o conjunto
de deseos, pero en ese cesto pude haber una manzana podrida que se dedica
a sabotear el al resto simplemente porque está lleno de rencor y
resentimiento por alguna cosa que le ha ido mal. Es como si pensara ese
deseo, "si a mi me va mal, que ninguno de mis colegas tenga tampoco
éxito y así compartiremos todos la pena".
Es de
suponer, que la persona hábil bajo el punto de vista de saberse automotivar,
se plantea más bien la estrategia constructiva contraria: "salgamos
los demás adelante, y a cambio de esa colaboración podremos
consolarnos mejor de la desgracia e incluso estaremos en mejor disposición
de buscar alternativas''.
La educación del carácter durante
la infancia es muy importante para resultar buenos auto-motivadores . Si
los educadores nos han transmitido confianza en nosotros mismos, nos han
inculcado valor para resistir las dificultades, nos han enseñado
a tolerar las frustraciones y las demoras en la realización de los
deseos, a ser tolerantes y prácticos con lo errores, a controlar
el malhumor y la ira, y han estimulado en nosotros una buena imaginación
y capacidad de invención, entonces seremos perfectamente hábiles
para resistir e imponerlos ante las desgracias. Si por el contrario nuestros
educadores reprimían nuestras iniciativas, nos ridiculizaban en exceso,
nos mimaban o facilitaban las cosas impidiendo el desarrollo de nuestra
fortaleza, si nos hacían demasiado dependientes para protegernos,
nos aterrorizaban demasiado o nos volvían excesivamente exigentes,
puede ser que estemos peor preparados para el arte de saber re- vitalizarnos,
re-motivarnos positivamente (porque criticarnos y castigarnos por ello no
sería precisamente un buen ejemplo de motivación positiva)
cuando el cansancio y la flaqueza aparecen.
En el apartado b), la búsqueda
de nuevas objetivos, la habilidad de edificar nuevas vidas sobre las cenizas
de las anteriores marca la diferencia entre la persona que se hunde ante
el fracaso, la muerte o la enfermedad, y la que se remonta. En numerosas
ocasiones podemos observar que por un lado la persona 'derrotista' se abandona
en exceso ante la auto-complacencia en la desgracia ("pobre de mí",
"he tenido mala suerte", "la vida me trata injustamente"),
que es una suerte de dolor pasivo, un re- volverse sobre la misma herida
una y otra vez, para que el asombro y el dolor paralizante nos ofusquen
y nos hagan sentir impotentes.
Por otro lado, la persona por pudor,
miedo, intolerancia u orgullo, no se atreve a buscar 'consuelo', a buscar
una 'contención al dolor', y sobre todo no se atreve a pensar en
distintas soluciones que pueda intentar llevar a la práctica, una
detrás de otra, hasta ver resultados prometedores.
No se trata
de que el dolor o la depresión agudas incapaciten totalmente para
buscar salidas -porque aun la persona más impedida puede buscar ayuda
externa si ve que ella sóla no puede- sino que lo que se quiere en
esas circunstancias es más dolerse por lo malo que buscar lo bueno
que te repare.
La conducta de búsqueda, de exploración,
requiere desde luego cierta capacidad de aventura, de saber salir de los
caminos ya estériles o acabados, de alejarse de las vías muertas
para explotar territorios nuevos.
Este salir de lo conocido da mucho
miedo, sobre todo si a lo largo de nuestra vida hemos procurado ir sobre
seguro, por senderos convencionales, procurando no llamar la atención,
temiendo demasiado la reprobación, ni buscando la aprobación
de los demás.
Estas actitudes, aunque durante mucho tiempo nos
han dado seguridad, tal vez nos preparan peor ante los cambios que aquellos
que están acostumbrados a los cambios de residencia, de pareja, de
trabajo o de país, capaces de empezar de nada con confianza y fé
en ellos mismos y en el resultado. El miedo al cambio, a la novedad es por
consiguiente un gran obstáculo para encontrar nuevas motivaciones.
También es muy común la dificultad de tener otros roles que
implican las situaciones nuevas (hacer de 'soltera' una persona que ha llevado
muchos años de casada, hacer de alumno alguien que hace mucho tiempo
que no ocupa esa posición, empezar un nuevo trabajo con la humildad
del novato, buscar nuevas relaciones sociales como un recién llegado,
nuevas actividades o aficiones en las que uno empieza de cero, etc.)
La flexibilidad de la personalidad nos ayuda a 'ser de diversas maneras',
aunque a veces la educación, mal entendida, parece que predique más
bien el 'ser siempre la misma persona', lo cual produce una rigidez peligrosa,
sobre todo en las situaciones excepcionales que estamos contemplando. Intelectualmente
también se requiere de nosotros el arte 'activo' de buscar nuevas
ilusiones, consistente en podernos imaginar acontecimientos agradables y
por ello mismo tener ante los ojos una promesa de goce.
Las personas
que desarrollan esta facultad siempre están buscando la manera de
hacer que un fin de semana resulte algo memorarle, una velada con amigos
algo encantador, y una tarde lluviosa una ocasión para combatir el
aburrimiento con deliciosas sorpresas. Dirigen su mente hacia preguntas
como ¿qué podría hacer? ¿y de qué manera
podría realizarse mejor? ¿y de qué forma tendría
éxito?. Por así decirlo, se ganan a pulso, con el fruto de
su esfuerzo mental el tesoro de una buena idea, magia que nunca se hubiera
producido cayendo en la pasividad, la queja, el lamento y la protesta airada.
La búsqueda activa de ideas y propósitos es como hacer
un crucigrama en el que las palabras que llenan un vacío hay que
buscarlas en uno mismo más que en una hoja de soluciones. Implica
un ponerse a pensar en positivo, un hacerle arrancar al cerebro listas de
propósitos, que en vez de vez con frialdad maldispuesta y despreciativa
viéramos con la luz de una posibilidad digna de explorarse a falta
de algo mejor, confiando en que este proceder, en cualquiera de los intentos,
va a producir un enganche, una reacción más viva que de nuevo
se transforme en categoría de ilusión.
Igual que la torpeza
para hablar o la timidez se vencen practicando, en vez de sufriendo vergüenza
y retirándonos a nuestra cueva interior, así las motivaciones
nuevas vienen, se quedan y se hacen 'auténticas' en vez de forzadas
con el empeño terco de intentar vivirlas lo mejor posible.
Se
parece esto a lo que sucede cuando aprendemos algo que se nos resiste (conducir
con fluidez, tocar un instrumento musical de forma que suene bien una canción,
saber utilizar el ordenador, etc.) pero que una vez superada la fase 'militar'
se transforma en utilidad y goce. El volcarse, sumergirse en el mundo externo,
en actividad
es que al principio se nos aparezcan como formas inseguras y riesgosas
de actuar, es la actividad que nos saca el ensimismamiento empobrecedor
que nos ofrece la depresión.
El desánimo, huyendo de
la búsqueda en el mundo, se agrava y se muestra insuficiente para
salvarnos del apuro, y más bien nos invita a una destrucción
desesperada.
APATIA, DEBILIDAD,
CANSANCIO
La reacción que la experiencia nos dicta frente a
las sensaciones de cansancio, debidad, falta de energías, es descantar
hasta volver a encontrarnos repuestos. Claro esta que este principio es
válido en la mayoría de las ocasiones 'normales' de agotamiento
por una causa física (trabajo, ejercicio, número de horas
que llevamos activos). Efectivamente, un adecuado descando repone la tensión
muscular, regula el metabolismo corporal y nos permite estar a punto para
nuevas demandas.
En el caso en el que la debilidad está provocada
por una enfermedad (una gripe, por ejemplo), más que reponer un exceso
de cansancio conquistamos una normalidad perdida por un proceso patógeno
excepcional.
En el caso de la depresión el estado de 'debilidad',
atonía muscular, y en ocasiones pronunciado enlentecimiento es más
el 'estado' de inactividad que fruto de cansancio o de proceso regenerativo.
Se trata de un estado que la persona puede describir como 'falta de energía',
y que predispone muy negativamente frente a los esfuerzos físicos
tales como levantarse de la cama, ducharse, vestirse, desplazarse, etc.
Como hemos mencionado antes la repuesta puede ser la de 'descansaré
a ver si me recupero' siguendo los consejos de nuestro propio cerebro basados
en la experiencia. Desafortunadamente esta estrategia supestamente reparadora
y protectora produce el efecto contrario al deseado.
Los fisioterapeutas
conocen bien este problema: una persona ha tenido una lesión muscular,
por ejemplo una tendinitis. Instintivamente deja de mover el brazo para
ahorrarse dolor, pero esa inactivación a la larga procuce involución
muscular y pérdida de capacidad de movimiento, un retroceso. La solución:
ejercicios de recuperación progresivos.
Siguiendo este ejemplo,
el síntoma de la falta de energía y apatía provoca
a menudo un círculo vicioso similar: contra más descansada
e inactiva está la persona menos energías y más debilidad
tiene; en cambio, una recuperación progresiva, a primera vista antipática
y penosa, produce sin embargo mejoras objetivas. El cansancio por consiguiente
mejora cansándose más, fortaleciendo el sistema muscular con
un ejercicio progresivo (paseos más largos, asumir mayor número
de tareas, acuparse más tiempo en actividades manuales). La actividad
es la conducta opuesta a la inactividad, y por ello mismo, indirectamente
pone freno y mejora el estado depresivo y es una buena medicina natural.
PROCRASTINACIÓN (Dejar para después)
El cerebro tiene que decidir
continuamente qué hacer y cuando. Diversos criterios son útiles
para establecer turnos y organizar los recursos. La vigencia de una necesidad,
la prioridad que puedan tener diversos objetivos, la posibilidades de éxito,
la oportunidad, la economía de medios que requieren, las recompensas
que producen cada uno, los costes y las preferencias. Manejar todo este
conjunto de variables hace que tomemos decisiones basas en producir lo máximo
al mínimo coste como si de una empresa competitiva se tratase.
La depresión prduce una combinación de estos tres factores:
1. motivación disminuíada
2. dificultad de ``start-up''
(puesta en marcha)
3. intolerancia a la frustración (mordacidad,
irritación que produce sentir lo desagradable de una forma más
intensa)
Estos factores son los responsables de una tendencia a dejar
para el último momento la realización de ciertas acciones
'antipáticas' tales como hacer una llamada de teléfono ingrata
o que nos produce sentimientos negativos, hacer un trabajo pesado, actuaciones
que nos exigirían tratar con personas ante las que no nos encontramos
cómodos.
La persona deprimida piensa ``no estoy de humor ahora
mismo para hacerlo, lo dejaré para otro momento''. Si, según
los frios cálculos de la conveniencia, esa acción tendría
un tiempo óptimo (pensemos, a modo de ejemplo, en enviar un curriculum
laboral antes de que se hayan presentado demasiados candidatos o enviar
una carta de reclamación antes de que transcurra un plazo legal)
entonces está habiendo un grado de perjuicio, de riesgo de fracaso,
que va aumentando en función de cuanto atrasamos indebidamente su
ejecución.
La depresión no altera nuesta inteligencia
al punto de ofuscarla completamente como en determinados transtornos mentales
en los cuales el enfermo no es consciente de estar enfermo, y por consiguiente,
nuestra mente nos sigue avisando una y otra vez, con angustiosa insistencia,
de que estamos a putno de perder una oportunidad, que todavía estamos
a tiempo de enmendarlo.
¿Reaccionamos entonces? La respuesta
es que mientras existe plazo de tiempo la procrastinación es posible,
y por tanto la persona deprimida, en contra de toda lógica de optimización,
sigue demorando con más temeridad, hasta llegar el último
día, el último minuto, o llegando incluso a pedir aplazamientos
excepcionales, y entonces, con suerte, si no estamos tan mal que nos degamos
con ira auto-lacerante que ``ya es tarde'', podemos hacerlo finalmente de
la peor, más costosa y angustiosa de las maneras.
Esta conducta
es altamente ineficaz y ansiógena -dicho sea de paso, a menudo la
ansiedad en la depresión se genera de todas las maneras posibles-
y la persona debe estar alerta de de su aparición y corrección
sino quiere verse arrastrada a las peores pesadillas.
DUDAS, INSEGURIDAD
Tomar sencillas decisiones tales como qué prenta de ropa me
compor, me menú eligo o en qué dirección inicio un
paseo es algo muy sencillo para una persona con un estado de ánimo
normal, aunque ello no excluye que esa misma persona normal tendría
pleno derecho a tener dudas sobre decisiones importantes (cambio de trabajo,
una inversión, elección de pareja, etc.).
En la depresión
las ``grandes dudas'' y las ``pequeñas dudas'' se conviertes ambas
en el mismo tormento. A ello contribuye:
? [a)]La dificultad de evalución, que en la depresión
está alterada en el sentido negativo, esto es , en la dirección
de exagerar lo poco como mucho, el a veces como siempre, una deficultad
como una imposibilidad, de forma que un fallo que comete lo atribuye a que
es ``una nulidad'' o un desaire que se le hace es evaluado como ``no soy
digno de aprecio''. Esta apreciación extrema es la que conduce a
ver la pequeña decisión de elegir el color de una camisa en
una ``prueba de mi inutilidad'' y que este test angustioso de paso se convierta
en una ``prueba'' de la anormalidad de su estado. Se produce de este modo
un agrandamiento artificioso del problema, que se transforma en ``juicio
de dios'' sobre su porvenir.
La misma angustia que se produce de vivir
el pequeño problema como problema de primera categoría, es
percibido con extrañeza y alimenta en buena medida la inseguridad,
al observar que sentimos de forma anómala y por tanto cabría
temer que podríamos temar decisiones absurdas.
? [b)]La atribución
de capacidades: se puede sentir que hay un abismo entre la magnitud de una
tarea y las minúsculas fuerzas que se atribuye el deprimido a sí
mismo. Para los demás es fácil sostener una conversación
o realizar una actividad rutinaria, pero para mí -esgrime el deprimido-
es una tarea titánica frente a la que me veo incapaz. Afortunadamene
esta incapacidad es más un a distorsión del auto-concepto
de uno mismo que una verdadera imposibilidad.
? [c)]El proceso de toma
de decisiones: replantear las decisiones que se han tomado continuamente,
constantemente, hace que el actuar deje de ser fluido y parezca entorpecido
a cada momento.
Decidir es un trabajo durante el cual debemos paralizar,
frenar los impulsos, y sin hacer nada considerar e imaginar alternativas
para establecer la dirección hacia donde han de dirigirse los esfuerzos.
Por ejemplo, nos quedamos quietos en el armario y nos imaginamos llevando
una camisa, luego otra distinta, luego otra vez la primera, y así
sucesivamente. Es facil entender que decidir ha de tener una duracción
práctica, porque de lo contrario en vez de ir a parar a una opción
-fuera buena o mala-, nos quedaríamos con la peor de todas: la inacción
(que con toda seguridad no ofrece nada).
La forma en la que la depresión
influye para que las decisiones se degraden en forma de parálisis
es alargando inecesariamente las dudas, tejiendo y destejiendo las mismas
ideas una y otra vez, pero si, pero no... Parece imposible decantarse, bien
sea porque un impulso subterráneo está más interesado
en paralizarnos que en activarnos, o bien sea debido a una enigmática
dificultad para decantarse.
Los dos fenómenos que acabamos de
mencionar se dan en la depresión por distintos motivos:
1) Por
un lado el impulso, lo que nos apetece (no lo que nos conviene, criterio
que está basado en que seguiremos vivos y entonces nos encontraremos
con las consecuencias reales de las decisiones tomadas) es no hacer nada,
claudicar, abandonarlos a la pendiente, dejarnos caer.
2) Por otro
lado no encontramos el resorte que hace disparar la decisión, sentir
por ejemplo más agrado con una camisa que con otra. Esperamos la
emoción positiva que se supone provoca explorar hipótesis
y escenas distintas y comparar estos distintos placeres ``como si'' lleváramos
la camisa de turno y encontrar de este modo cual produce mayor recompensa.
La dificultad de sentir placer -de cualquier tipo- vuelve muy difícil
orientarnos, ya que la búsqueda del placer -a corto o largo plazo-
es una de las mejores guías que tenemos los humanos para actuar.
Por esta razón la persona deprimida está muy confundida e
indecisa acerca de qué decisión tomar hasta en las cosas más
nimias.
Ayuda mucho en esta clase de problemas sustituir el sistema
de decisiones habitual por otro provisional que solemos utilizar en algunas
situaciones de supervivencia (por ejemplo al ser perseguidos): decidimos
lo primero al azar, rápido, no volvemos atrás. Esto es, siguiendo
el ejemplo anterior, cogemos la primera camisa al azar y aceptamos el riesgo
de habernos equivocado sin escrúpulo ni remordimiento, comprendiendo
que hasta estar recuperados éste es el sistema menos malo y el que
combate mejor la inacción (que es como el comportamiento negativo
que agrava el desánimo).
Poner a prueba cual es el máximo
de funcionalidad de que se es capaz produce asombro y sorpresa en el deprimido,
al constatar que los hechos de-muestran un panorama en el cual quizá
no pueda estar brillante, ocurrente y productivo como en sus mejores momentos,
pero se puede hacer perfectametne una actuación modesta, al punto
de que no llame siguiera la atención (aunque esto podría tener
el inconveniente de que los demás supusieran que ``no le pasa nada''
ya que puede comportarte con mediocre normalidad. A veces la persona deprimida
tiene que colaborar poco y ser renuente para ``ser tomado en serio'' y demostrar
la legitimidad de su trastorno en lo que respecta a cuidados y consideraciones).
Sea como fuere, conviene apostar por mantener el rendimiento al máximo
posible, ya que de este modo se está más cerca de una normalidad
aceptable.
DESAPEGO DE LOS
ESTÍMULOS
La actitud del la depresión frente a los estímulos
es la de dar por hecho, derrotándose por anticipado, que no le ``sentarán
bien''.
A primera vista podríamos argüir que acertarse
a lo agradable produciría consuelo y por ello mismo sería
una apetecible medicina para nuestro lánguido estado. En cambio el
deprimido desconfía de ese acercarse a lo bueno que antes le reconfortaba,
y más bien renuncia preveyendo sentirse todavía más
defraudado.
Se vuelve frío y escéptico, y ante la posibilidad
de un placer conocido prefiere desilusionarse y así confirma con
toda su crudeza, sin paliativos ni falsos consuelos, la amarga realidad
que le atenaza.
También contribuye a esta actitud el rencoroso
desaire que produce haber esperado mucho y haber encontrado poco en algunos
momentos en que hemos probado, y haber sacado la precipitada conclusión
``ya no me anima nada'', ``será mejor resignarme a este malestar
insoportable''.
Sin embargo, pese a esas conclusiones más fruto
de la impaciencia que de otra cosa, la exposición a los estímulos
agradables resucita los sentidos y las capacidades de goce obturados por
la depresión.
La estrategia adecuada es acercarse y permanecer
periodos cada vez más largos haciendo 'como si' disfrutaramos de
productos alimentarios exquisitos, regalásemos el oido con música
cuya belleza nos conmovía, nos atreviéramos -a pesar de la
poca convicción- a poner ante los ojos la belleza visual del mundo
natural (la antigua medicina de la ``naturaleza cura'') y artístico.
Se trata de dejar que la curiosidad nos cosquille y provoque a pesar
de nuestra inicial indiferencia, en una palabra, ir hacia el interés
en vez de pretender estar interesados porque sí, sin habernos re-vitalizado
a base de habernos auto-estimulado con la persuasión e insistencia
necesarias.
Aparecer en vez de desaparecer, volver al ser que éramos
en vez vaciarnos perdidos en nada: he aquí un cambio de actitud que
busca y espera la reanimación de su paciente acercarse al habla,
la expresión y la acción como el camino que crea lo que practica
en vez de lamentar lo que ha perdido.
Practicar vida social, producir
manual e intelectualmente, acercarse de puntilllas a los placeres para saborearlos
aunque fuera de refilón, todo ello hace mover la dínamo y
produce el rayo de luz con el que irnos iluminando.
FUGA DE LA CONDUCTA
Este es un fenómeno más propio de los estados ansiosos,
cuando el desasosiego que nos produce algo es desviado haciendo otra cosa
aparentemente correcta, perteneciente al repertorio de loables propósitos
que tenemos, pero coya oportunidad y urgencia son más que discutibles,
lo que la convierte precisamente en ``acción tapadera''. Ejemplo
de esto es el furor limpiador u organizador -loable, quien lo duda- que
le entra al estudiante precisamente cuando tenía que ponerse a estudiar:
las incertidumbres y agonías que entraña el ``forzarse a aprender''
son aparentemente sustituidas por una actuación útil y menos
agobiante.
Claro está que lo rechazado retorna más tarde
de nuevo con dosis de desagrado crecidas al socaire del silenciosos invernadero
en el que estuvo temporalmente sepultado.
Hacer lo que no toca, lo
que no se debe, incluso lo desaconsejable (por ejemplo, ponerse a comer
fuera de horario), pueden ser tentaciones para fugarse con sucedáneos
de lo que en el fondo sabemos que ``deberíamos'' hacer.
Actuar
para no hacer lo que se evita hacer, es una buena coartada para convencernos
a nosotros mismos de que somos quizás saboteadores, si, pero inocentes
y bien intencionados. Así, por ejemplo, debemos acudir a una cita
importante, pero antes convendría regar las macetas y de paso dejar
fuera del congelador la comida y claro está, no olvidemos coser ese
botón que estaba medio suelto, y ciertamente, sería inapelable
lavarse antes los dientes, y ya que estamos en la zona del baño podríamos
aprovechar para recoger los frascos vacíos que hace días que
están pendientes de retiro, ah, y sacar la ropa delicada que estaba
en remojo, no se vaya a desteñir demasiado, y así sucesivamente.
La persona es consciente de que se está haciendo tarde, que no llegará
a tiempo, y no obstante no puede dejar de lado más tareas de última
hora que exacerban la ansiedad tanto que resulta tragicocómico la
forma en que, vaya fatídica casualidad, llegar a tiempo es ya imposible.
Esta penosa desorganización aparece aumentada en la depresión
por otros factores añadidos tales como las dificultades de memoria,
concentración y la evitación de lo desagradable o incluso
por un oscuro impulso de ``hecharlo todo a rodar'', como complaciéndose
en una degradación de las cosas acorde a la confusión interna
de los sentimientos.
RITMOS CIRCADIANOS
Hay un tipo de insomnio, un conjunto de costumbres diarias, que consiguen
que la persona deprimida tenga un ritmo ``contracorriente'' de los demás.
Cuando los otros están frescos y despejados, el deprimido está
en la espesa de las brumas matutinas, cuando los otros sucudistanciandosemben
al cansancio y la modorra, el resucita cual vampiro en la ciudad solitaria.
El aturdimiento tiene a veces cierta ventaja, porque amortigua la angustia
que producen las tareas diarias -especialmente cuando el origen de la depresión
tiene mucho que ver con esas tareas- y permite un cierto vivir adormecido,
un ``matar el rato'', un lograr que el tiempo exista menos, una disculpa
perfecta par que las cosas tengan un pobreza digna de repulsa y asqueda
contemplación.
El apetito desaparece especialmente en las horas
de comida, favorecido en esa ausencia por la presencia del picoteo extemporáneo,
igual que apetece dormir en las horas más intempestivas y aparecen
algunas ráfagas de deseo erótico cuando nadie parece estar
a tiro.
La regulación de los ritmos de vigilia y sueño
ayudan a encontrarse en el mismo camino que las personas que nos rodean.
Las actividades fisiológicas y los impulsos naturales se ven favorecidos
por el orden adaptativo en vez de verse perjudicados -disminuídos-
por el desorden.
Regular las horas de sueño, de comida, de ejercicio,
de lectura, etc. facilitan enormemente la recuperación. No quiere
decir esto que nos tengamos que volver rígidos e inflexibles, sino
que la flexibilidad es un lujo que uno se puede permitir sólo en
el supuesto de que primero tenga una normalidad de funcionamiento.
ABANDONO
¿Cuando abandonar un empeño? Es de suponer que no vamos a
movilizar recursos ni ejercer una costosa tenacidad por bagatelas insustanciales,
sino por aquello que tiene categoría. Por mejorar merece la pena
esforzarse y, hasta el último resquicio de esperanza contiene enjundia
como para arriesgar.
Apostamos por algo que queremos que suceda, identificándonos
con el Yo que seríamos una vez conseguido lo que queremos. Los objetivos,
los proyectos nos definen, nos hacen anhelar, nos sacan de de un apático
pasmo que, en su aparente tranquila serenidad, ocultaría el horror
del vacío.
Por estas buenas razones el abandono no ha de facilitarse,
sino resistirlo hasta que sea imposible continuar.
En un estado normal
tenemos esa fortaleza y resistencia necesarias para proseguir. En cambio,
la depresión cambia considerablemente la intensidad de la lucha por
mejorar, y podemos llegar a contemplar en ese estado, con blanda auto-compadecencia
y frialdad, cómo una pulsión oscura de pronto reniega, se
rebela, ya no juega a ganar, y ya no le importa ver nuestra degradación.
? [Estado_1]La cosa puede iniciarse por señales sutiles, como
desinteresase por la imagen pública, poniéndonos cualquier
prenda, descuidando la higiene, dejando de lado la exquisita educación
y no nos afanamos en resultar simpáticos o seductores: ya no queremos
decorar el mundo, brillar en él como si tuviéramos una disposición
amorosa hacia el exterior donde los bienes se consiguen, donde los afanes
se siembran y dan fruto.
? [Estadio_2]Una vez oscurecidos, afeados
y hoscos, el siguiente paso es el boicot y el sabotaje pasivo: dejar de
hacer lo que sabemos que no podemos permitirnos.
Para llevar a cabo
este silencioso abandono se requiere un método sibilino: resistencia
pasiva, omisión, olvido malintencionado, autoengaño, dejadez,
ritmo insuficiente.
Esta segunda etapa genera un perjuicio claramente
perceptible, esto es, una degradación angustiosa del conjunto de
asuntos que llevamos entre manos (manos obreras, sea dicho de paso, que
evitan la tendencia de los asuntos a empeorar si los dejamos solos)
? [Estadio_3]La preparación de las dos primeras fases es el requisito
necesario para dar el paso decisivo: el abandono activo, el descolgar el
teléfono para que no nos llamen, faltar al trabajo, dejar de tomar
medicinas, no salir de casa, no levantarse de la cama o rebajar nuestras
actividades a un mínimo de elemental sobrevivencia ( o en su expresión
máxima la persona puede ``dejarse morir'').
Quienes rodean al
deprimido se escandalizan ``¿No se da cuenta del grado de dejadez
al que ha llegado?''. La respuesta es que sí. Lo ve con escalofriante
asco y rechazo de uno mismo. Pero este verse piltrafa impresentable, lejos
de suscitar una urgente respuesta para remediarlo, más bien justifica
aflojar una vuelta de tuerca más al abandono, soltando las migajas
de acción positiva que quedaban como si uno que se viera cayendo
no se le ocurriera cosa peor que empujar hacia abajo creyendo trepar hacia
arriba.
? [Estadio_4]El mayor grado de abandono conduce a la inanidad,
a una muerte por tristeza o a la tentación del suicidio.
Aunque
éste proceso que describimos es de un empeoramiento progresivo, ello
no significa que un curso depresivo tenga que conducir a este final de forma
inexorable.
La depresión vive del autoengaño de pensarse
como ``imparable'', dando a entender que la persona está negada,
imposibilitada para reaccionar. Esta es la ``película'' que proyecta
-para espantar y paralizar- en la pantalla de la conciencia.
Pero la
reacción es siempre posible, y hasta milagrosamente eficaz. Alguien
al borde del suicidio puede recapacitar y escandalizarse por haber ido tan
lejos en su desesperación. Sin esos extremos dramáticos, siempre
es posible combatir el abandono activo, ``portarse bien'', cumpliendo -aunque
fuera a regañadientes- con los compromisos básicos, hasta
notar al cabo de un tiempo una modesta mejora que ir mejorando produce.
Lo ideal en cuanto a abandono es disciplinarse de forma preventiva:
no dar los primeros pasos del desaliño y descuido personales y, es
más, cultivar a modo de escudo protector un mimo y una delicadeza
exquisitas en el cuidado propio, reflejo de un quererse a uno mismo, de
un amor primero desde el que ir a un amor segundo, cultivando la simpatía,
la cortesía, la dulzura seductora y la osadía de hacer un
placer de nuestro actuar en el mundo, alejándonos tanto de la pereza
timorata como del exceso de sensibilidad frente a las imperfecciones y debilidades
humanas.
AISLAMIENTO
Una medida de vitalidad de una persona podría consistir en averiguar
la calidad y cantidad de sus relaciones sociales. Cuando estamos animados
tendemos a estar más expansivos, nos comunicamos más y mejor
con las personas que nos rodean, tenemos interés en cuidar y mejorar
el trato humano. Por el contrario, la reacción más común
estando desanimados es disminuir la búsqueda activa de contacto y
desimplicarnos en las relaciones que tenemos por costumbre.
La tristeza
invita a un repliegue hacia un intimismo, hacia el Yo herido, mientras que
la alegría busca un tú o un nosotros con los que compartir,
aumentar y difundir la onda expansiva de la vitalidad interna.
El contacto
humano, especialmente en un ambiente acogedor y armónico, realiza
necesidades muy importantes de los seres humanos (condenados a ser una especie
social, mal que nos pese) tales como la necesidad de apego, seguridad, integración,
valoración e incluso de identidad (pertenecer a un grupo, no ser
un ``don nadie'' anónimo). Por consiguiente, alejarse es una forma
de dar la espalda a estas necesidades, estar ausentes, perder el amarre
que ser alguien para alguien nos ata al mundo.
Con cierta frecuencia
este aislamiento no sólo es un síntoma de depresión,
sino que también ha sido en buena medida su causa. La falta de habilidades
sociales, especialmente para intimar y hacer amigos, las dificultades de
carácter y maduración, hacen que nuestras relaciones resulten
problemáticas o insatisfactorias, pobres y decepcionantes. En otras
ocasiones nos hemos visto obligados a empezar de cero por cambios de residencia,
estado civil, trabajo, muertes de seres queridos, las etapas que acaban
y hasta los cambios culturales que no hemos podido digerir, todo ello puede
producir en nosotros pérdidas de identidad y vinculación que
conllevan dosis de frustración, duelo y tristeza.
La persona
deprimida es consciente de no estar en su mejor momento y por ello no resulta
tan agradable a los demás. y no quiere ``hacer el papelón''
o ``ser pesada'' o aburrida a los demás. Pero en cambio, en términos
de egoísmo personal, es una de las cosas que más le pueden
ayudar a recuperarse. Para ser atrevidos cabe tener en cuenta que el grado
de ``deslucimiento'' no es quizá tan impresentable como parece a
primera vista -porque los demás tampoco son tan exigentes que nos
pidan estar arrebatados en un aura de genialidad constantemente-, y que
nuestra capacidad de esfuerzo -aceptemos que sea costosa y trabajosa para
nuestro estado depresivo- es sin embargo posible, y podemos afanarnos al
punto de ``parecer'' normales. Esta teatrillo de hacer de normales tiene
la inmensa virtud de normalizarnos, de activar nuestro cerebro en la buena
dirección.
Seguramente la capacidad de disfrute esté
disminuida, y la dificultad de concentración haga que en ocasiones
perdamos viveza y capacidad de coger las cosas al vuelo, pero no obstante
el contacto humano nos calma y nos reconforta. No debemos ser tan escrupulosos
ante nuestros amigos y conocidos que no nos permitamos abusar un poco de
ellos, imponiéndoles con la mayor normalidad posible nuestra presencia
algo sombría: a cambio nos podemos comprometer a devolverles lo que
les quitemos cuando estemos recuperados, guardando una deuda de gratitud
y reciprocidad en las ocasiones futuras en las que ellos necesiten nuestro
apoyo.
COMER O NO COMER
La alteración del apetito suele ser otro de los síntomas
de la depresión. A unos lo que les sucede es que tienen pérdidas
alarmantes de peso y otras se les descontrola la necesidad de ingesta. Este
doble posibilidad coincide con el efecto de la ansiedad sobre el apetito,
quitándolo o exacerbándolo.
Cuando lo que experimentamos es pérdida de apetencia, la
tentación es rechazar la comida, especialmente si tiene apariencia
de copiosa o energética. La comida, por añadidura, es como
un símbolo de amor a uno mismo (por lo que comer tiene de autocuidado)
y también de ese amor universal que se traduce en ``estar presentable'',
``tener buen aspecto'' para alagar y agradar la vista de los demás.
Obviamente, la depresión es un agonista del amor, lo enfría
y reduce a una mínima dimensión teórica (que no práctica).
Cuando hay una pérdida de peso preocupante se deben tomar medidas
correctoras, y en vez de esperar a recuperar el hambre para asumir las costumbres
habituales, como alternativa provisional conviene hacer ingesta de pequeñas
dosis de alimentos (un vaso de leche, una fruta, un yogourt, una pequeña
ración) cada dos o tres horas, hasta comprobar que el peso se mantiene.
Si este plan se acompaña de ejercicio físico (que aumentará
la demanda de nutrientes) la estabilización será mucho más
rápida y eficaz.
En el caso opuesto, el de que se despierta
una voracidad insaciable, el descontrol se ve favorecido por la indiferencia
por el aspecto físico, por la falta de autoestima, que aumenta a
su vez perdiendo la figura, contribuyendo con ello al apocamiento y aumentando
el deseo de aislamiento para no ser vistos de esa guisa.
Ideas que
pueden ayudar a mejorar el control son las de ``prevenir la debilidad'',
anticiparse suprimiendo las tentaciones, analizando las ocasiones en las
que se estimula más el furor por comer y buscando remedios y argucias
para no caer. Si la dificultad es el aumento de la ansiedad en determinadas
horas del día hemos de utilizar formas más inocuas de relajación
(por ejemplo música apaciguadora, ver películas reconfortantes,
pasear, leer, etc.). Si podemos contar con alguna ayuda externa sin que
ello cause incomodidad o situaciones problemáticas, puede ser útil
pedir vigilancia y control para el acceso a la comida (poner un candado
el la nevera, supervisar la cantidad de alimentos, aparecer a ciertos intervalos
para comprobar la situación, etc.)
En algunas ocasiones especiales
comer o no comer puede ser un método indirecto de fastidiar a un
ser querido ante el cual estamos resentidos o reprochantes. Al no comer
lo angustiamos o comiendo más de la cuenta le privamos de ``don de
amor'' que es la estética. Claro está, estas formas pasivas
de agresión pueden tener el efecto de perjudicarnos a nosotros mismos
más que a la persona a la que van dirigidas, que además, en
vez de sentirse aludido y cambiar a favor, puede vernos como más
desquiciados y enfermos de lo que estamos, distanciándose como quien
tiene que tratar con un ``bicho raro'' al que hay que soportar, reacción
que dista del amoroso celo que provoca quien se considera que se gana la
esforzada dedicación por sus actitudes colaboradoras.
AUTO-AGRESIÓN
Mientras que la depresión, produce una dificultad
para sentir sentimientos positivos (alegría, placer, goce, entusiasmo,
deseo), por el contrario, deja intacta la capacidad de sentir lo desagradable
(un ruido molesto, una contrariedad, lo penoso y trabajoso, el trato hostil
o áspero de los demás).
La modulación emocional
está basada en un juego de pesos y contrapesos que nos ayudan a dar
la respuesta justa: nos pisan el pie, eso nos molesta, pero si evaluamos
al responsable como inocente, con apariencia de buena persona, ello frena
la reacción airada. En la depresión faltan unos ``frenos''
esenciales para la ira y la rabia: sentir amor por uno mismo y por los demás.
Vivimos las situaciones como si los costes fueran mucho más pesados
que los beneficios, y por ello dignos de la palabra más fácil
y abundante en el depresivo: NO. No me gusta, no me interesa, no quiero.
La irritación que produce el más pequeño incidente
o feo que nos hagan dispara en el deprimido una reacción desmesurada.
Si la persona, antes de deprimirse, era una persona bien educada, con unos
principios morales y un comportamiento ejemplar, no la veremos agresiva
en el sentido más burdo de ponerse intemperante y ofensiva, ni menos
aún pasar a la acción de agredir físicamente. En cambio,
otros deprimidos, con dificultades previas a la depresión de control
del mal humor y que entraban en estado rabioso a la primera de cambio, duplicarán
estas conductas estando deprimidos (al igual que esas mismas personas tienden
a sobrepasarse en estados alterados de conciencia como estando ebrios o
cansados).
Cuando la persona, por su talante anterior, guarda las apariencias
y no dirige la rabia hacia el exterior, la vuelve:
? [a)]Un comportamiento
auto-lesivo, auto-punitivo.
? [b)]Un comportamiento agresivo-pasivo
El comportamiento a) auto-agresivo consiste en hacerse daño
a uno mismo. Cuando uno se daña hace a la vez de víctima irascible,
de verdugo ejecutor, y al mismo tiempo de víctima pasiva -que es
la parte que en realidad hace que la ira se transforme en dolor y tristeza.
La autoagresión consiste en:
? insultarse y despreciarse constantemente
(``soy imbécil'', ``estoy hecho un asco'')
? auto-críticas
destructivas (``nunca ha valido para nada'', ``no soy capaz de reaccionar'')
? auto-evaluaciones negativas (``lo hago todo mal'', ``no doy pie con
bola'')
? dejar de hacer cosas agradables (elegir el alimento menos
sabroso, sentarse en el asiento más incómodo, no ir a ver
la película que teníamos intención de ver, renunciar
a una visita o a un favor, consuelo o ayuda que nos ofrecen)
? llevar
a cabo acciones de ``autodegradación'' tales como cortarse el pelo,
ir con la ropa más lúgubre, poner música fúnebre
en el tocadiscos, complacerse en los estímulos que proporcionan pena
y dolor (determinadas fotos y cartas, evocar recuerdos desagradables, traer
a colación viejas ofensas)
? autolesiones (golpes, pellizcos,
quemaduras) e intentos de suicidio.
El comportamiento b) pasivo es
una forma indirecta -y por ello mismo, generalmente inadecuada- de protestar
y vengarse de los que han suscitado en nosotros la ira desatada. Dejar una
ventana abierta por descuido en pleno invierno, quemar la comida, ponerle
demasiada sal o elegir el menú que sabemos que menos le gusta a la
persona diana, no hacer o hacer mal lo que habíamos prometido o en
lo que nos habíamos responsabilizado (por lo tanto el no hacer ni
dejar hacer), olvidar tomar la medicación o no colaborar en la recuperación
para que los demás se preocupen y no se vean aliviados o se vean
``castigados'' con nuestro empeoramiento, son algunos ejemplo de tácticas
que la mayor parte del tiempo se llevan a cabo con nuestro sacrificio y
nuestro dolor, y por ello mismo nos quitan más que nos dan.
Jose Luis Catalan Bitrian 2002-01-21