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BIZANCIO O LAS NUEVAS REGLAS PARA HACER BIEN LAS GUERRAS archivo del portal de recursos
para estudiantes |
Ex asesor del Pentágono y profesor en la Escuela para Postgraduados de la Marina de EE.UU.
Más pequeñas, más baratas e inteligentes
Cada día, el Ejército de Estados Unidos gasta 1.750 millones de
dólares (unos 1.300 millones de euros), gran parte de ellos en grandes
buques, armas y batallones, que no sólo no son necesarios para ganar las
guerras actuales, sino que seguramente serán el instrumento equivocado
para librar las futuras. En este año, el noveno del primer gran
conflicto entre naciones y redes, las Fuerzas Armadas estadounidenses
–como ocurre a menudo con los ejércitos– no han sabido adaptarse como
debían a las distintas circunstancias y han descubierto a las malas que
sus enemigos, muchas veces, les llevan la delantera. El Ejército de EE
UU se debatió como pudo durante años en Irak y luego demostró que era
incapaz de comprender, ni en Irak ni en Afganistán, que los viejos
refuerzos de tropas terrestres no ofrecen soluciones duraderas para unos
conflictos nuevos contra adversarios organizados en redes.
Es lo
que ha sucedido casi siempre. Con todo lo que se juegan y los peligros
que afrontan, es inevitable que los ejércitos se resistan a cambiar. En
1915, durante la Primera Guerra Mundial, las tropas del frente
occidental luchaban prácticamente de la misma manera que las de Waterloo
en 1815, atacando en formación cerrada, pese a la aparición de la
ametralladora y la artillería explosiva. Año tras año, millones de
soldados tuvieron una muerte sangrienta por ganar unos pocos metros de
fango revuelto. No es extraño que el historiador Alan Clark titulara su
estudio del alto mando durante el conflicto The Donkeys (Los
asnos).
Ni siquiera la siguiente generación
de militares acabó de comprender del todo las implicaciones del
envejecimiento de los carros de combate, los aviones y las ondas de
radio que los conectaban. Igual que sus predecesores no habían captado
el carácter letal de la potencia de fuego, sus sucesores no supieron ver
el ascenso de las maniobras mecanizadas, salvo los alemanes, que
entendieron que era posible la guerra relámpago y, gracias a ello,
obtuvieron victorias magníficas en los primeros tiempos. Habrían seguido
ganando si no hubiera sido por malas decisiones estratégicas del mando
supremo, como invadir Rusia y declarar la guerra a Estados Unidos. Al
final, los nazis perdieron, más que por el enfrentamiento directo,
porque no pudieron con todos.
Lo siguiente que no supo
interpretarse fueron las armas nucleares, sobre todo por parte de un
Ejército estadounidense que, al principio, pensó que podían utilizarse
como cualquier otra. Pero resultó que su única utilidad era disuasoria.
Sorprendentemente, fue el adalid de la guerra fría, Ronald Reagan, quien
mejor comprendió ese enfoque cuando dijo: “Una guerra nuclear no puede
ganarse, y nunca hay que llevarla a cabo”.
Lo cual nos trae a la
guerra en la era de la información. Los avances tecnológicos de los dos
últimos decenios –de un alcance trascendental y comparable al comienzo
de la Revolución Industrial hace dos siglos– coincidieron con un nuevo
momento de inestabilidad política mundial tras la guerra fría. Sin
embargo, casi todos los ejércitos emprenden esta era con la opinión
generalizada de que las nuevas herramientas tecnológicas serán un simple
refuerzo para continuar con las prácticas actuales.
"Cuando los ejércitos no saben estar a la altura del cambio, los países salen perdiendo. En la primera Guerra Mundial, la ignorancia de lo que representaba la producción en masa desembocó no sólo en unas matanzas sin sentido, sino en el final de unos grandes imperios y la bancarrota de otros."
En el caso de Washington, las
autoridades siguen convencidas de que su estrategia de impacto y pavor y
la doctrina Powell de la fuerza abrumadora se ven reforzadas al añadir
grandes cantidades de armas inteligentes, aviones controlados a
distancia y comunicaciones mundiales casi instantáneas. El defensor más
entusiasta de la táctica de impacto y pavor es quizá el Consejero de
Seguridad Nacional, James Jones, un general cuyo círculo de
colaboradores incluye a los que inventaron el concepto en los 90. Su
idea esencial es: “Cuanto más grande sea el martillo, mejor será el
resultado”.
Nada más
lejos de la realidad, como demuestran los resultados en Irak y en
Afganistán. Quince años después de que mi colega David Ronfeldt y yo
acuñáramos el término “netwar” (guerra en red) para describir la nueva
forma de conflictos basados en redes que estaba surgiendo en el mundo,
Estados Unidos sigue sin ponerse al día. Las pruebas de los diez últimos
años muestran que los ejercicios masivos de fuerza no han servido más
que para matar a inocentes y enfurecer a los supervivientes. Las
organizaciones reticulares, como Al Qaeda, han probado que es muy fácil
eludir esos ataques y continúan asestando contragolpes violentos.
Y
el Ejército de Estados Unidos, que ha utilizado estos nuevos
instrumentos de guerra de formas muy tradicionales, ha sufrido traspiés
económicos y graves heridas psicológicas. Por ejemplo, el verdadero
coste de la guerra de Irak, según el análisis del premio Nobel Joseph
Stiglitz y de Linda Bilmes (La guerra de tres billones de dólares:
El verdadero costo del conflicto en Irak, N.de la R.), ha sido de
unos tres billones de dólares, y hasta las cifras oficiales hablan de
aproximadamente un billón de dólares en gastos. En cuanto al capital
humano, las tropas están exhaustas después de los despliegues repetidos y
prolongados ante unos enemigos que, si se pusieran en fila, no
ocuparían una sola división de los marines. Estados Unidos ha estado a
punto de dejarse fuera de combate a sí mismo desde el 11-S.
Cuando
los ejércitos no saben estar a la altura del cambio, los países salen
perdiendo. En la Primera Guerra mundial, la ignorancia de lo que
representaba la producción en masa desembocó no sólo en unas matanzas
sin sentido, sino en el final de unos grandes imperios y la bancarrota
de otros. La incapacidad de entender las implicaciones de la
mecanización al comienzo de la Segunda Guerra mundial puso vastas
franjas de territorio en manos de las potencias del Eje y estuvo a punto
de darles la victoria. El hecho de no comprender el verdadero
significado de las armas nucleares condujo a una carrera suicida de
armamento y colocó al mundo borde del apocalipsis durante la crisis de
los misiles cubanos.
Todavía hoy abundan las señales de
ignorancia. Por ejemplo, en una era de misiles supersónicos antinavíos,
la Marina estadounidense ha gastado miles de millones de dólares en
buques de guerra de superficie cuyas superestructuras de aluminio
probablemente arderían hasta el fondo si los alcanzara un solo misil.
Pero la doctrina oficial lo exige.
Mientras tanto, el Ejército ha
gastado decenas de miles de millones de dólares en sus futuros sistemas
de combate, un batiburrillo de armas, vehículos y dispositivos de
comunicación nuevos que sus propios impulsores consideran casi
impracticables para las operaciones militares que las fuerzas de tierra
van a tener que llevar a cabo en los próximos años. Los océanos de
información que los sistemas generarían a diario obstruirían los
circuitos de mando de tal forma que la más sencilla de las operaciones
resultaría dificilísima de realizar.
Y la fuerza aérea, más allá
de su conocida afición a los bombardeos masivos, sigue enamorada de los
aviones de combate muy avanzados y muy caros, a pesar de no haber
perdido más que un solo avión frente al enemigo en casi cuarenta años.
Aunque el costosísimo F-22 no ha dado buenos resultados y su producción,
que supuso una inversión enorme, se ha interrumpido, la idea no se ha
abandonado, ni mucho menos. Al contrario, se va a producir el F-35, más
avanzado y con un coste de cientos de miles de millones de dólares. Todo
ello, teniendo en cuenta que, en la actualidad, lo que posee Washington
es ya mucho mejor que lo que tiene cualquier otro país, y va a seguir
siéndolo durante décadas.
Estos hechos sugieren que Estados
Unidos está gastando enormes cantidades de dinero en cosas que hacen que
sus ciudadanos estén menos seguros, no sólo contra los insurgentes
irregulares, sino también contra países que sean astutos y construyan
distintos tipos de ejércitos. Y el problema no se limita a las armas y
otros artículos de alta tecnología. Lo más necesario es un conocimiento
profundo del trabajo en red, la conexión vaga pero dinámica entre
personas que crea y favorece un nuevo tipo de inteligencia, poder y
propósito colectivos, para bien y para mal.
Los movimientos de la
sociedad civil en todo el mundo han aprendido a trabajar así y, de esa
forma, han hecho mucho más por impulsar la causa de la libertad que los
controvertidos esfuerzos del Ejército estadounidense para llevar la
democracia a Irak y a Afganistán a punta de pistola. En cuanto a la
sociedad incivil, los terroristas y los criminales internacionales han
adoptado la conectividad para coordinar sus actividades en el ámbito
mundial de una forma que era imposible en el pasado. Antes de Internet,
no podría haber existido una red terrorista que actuase de forma
cohesionada en más de 60 países. Hoy nos aguarda un mundo lleno de Umar
Farouk Abdulmutallab, y no todos van a fracasar.
Pero los principios del trabajo en
red no tienen por qué ayudar sólo a los malos. Si se adoptan por
completo, pueden permitir un nuevo tipo de ejército, e incluso un nuevo
tipo de guerra. Los conflictos del futuro deben y pueden ser menos
costosos y menos destructivos, con unas fuerzas armadas más capacitadas
para proteger a los inocentes e impedir las agresiones o defenderse
contra ellas.
Es posible que ya no haya grandes batallas de
ejércitos de carros de combate en las estepas, pero la guerra moderna se
ha vuelto muy compleja y cambiante. No obstante, hay una forma de
reducir esa complejidad a tres simples reglas que pueden ahorrar enormes
cantidades de sangre y de dinero en la era de las guerras en red.
El estratega John Arquila, ex asesor del Pentágono, considerado un
visionario en la era de los conflictos en red, considera que Estados
Unidos está sumergido en varias guerras –sus bases militares están
diseminadas en los cinco continentes y mantiene su presencia bélica en
Irak y Afganistán-, y en forma equivocada. Sostiene que los avances
tecnológicos han producido grandes cambios en la política militar y
estratégica y que si bien esas variaciones eran inevitables, los
estadistas las han adoptado con retraso, lo cual ha causado tragedias.
Para Arquila todavía existe tiempo para estar entre las excepciones y
recuerda a los bizantinos, que, tras la caída de Roma, rediseñaron por
completo su Ejército y conservaron su imperio mil años más.
En
su artículo completo se desarrollan las siguientes reglas. Ver www.fp-es.org
Regla 1: mucho y pequeño es mejor que poco y grande;
Regla 2:
encontrar al enemigo importa más que golpear en el flanco;
Regla 3:
el enjambre es la nueva táctica de refuerzo
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