Progreso

textos de Félix Luna 

La presidencia de Roca fue el comienzo de una intensa etapa de progreso. Facilitada por el abaratamiento de los pasajes y la incorporación de la fuerza de vapor a los navíos transatlánticos, una copiosa inmigración empezó a llegar. Los argentinos habían descubierto que su gran riqueza era la tierra: la subdividieron, la alambraron, le instalaron molinos de viento y bebederos, buscaron semillas seleccionadas para sembrar trigo, cereales y oleaginosas y mestizaron rodeos de vacunos para los frigoríficos, con destino a los mercados europeos. Las inversiones externas, sobre todo británicas, se volcaron en campos, ferrocarriles y bancos. La nueva capital federal se embelleció y el Estado Nacional tomó a su cargo la administración de los territorios ganados a los indios. La política de Roca, continuada por los presidentes que le sucedieron, de su mismo signo político, consistió en mantener la paz con los países vecinos y abrir las fronteras del país a personas, mercaderías, capitales, ideas y tendencias intelectuales, así como el posicionamiento de la Argentina en los mercados internacionales. Fue una política exitosa que trajo una gran prosperidad, con la excepción de la crisis financiera de 1890 que derivó en una revolución sofocada y la creación de un partido popular, la Unión Cívica Radical, que reclamó, pacíficamente y por las armas, una apertura electoral que recién se concretó en 1912. Las leyes que establecían el sufragio universal libre y garantido permitieron al radicalismo, con su carismático jefe Hipólito Irigoyen, llegar al poder en 1916. A pesar de los efectos de la guerra europea y las alteraciones sociales que ocurrieron, los gobiernos radicales se desarrollaron con razonable eficacia. Pero en 1930 un golpe militar frustró este pacífico proceso.

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